Vivo en un museo natural de animales domésticos, bichos salvajes y plantas de interior

Hoy mi hija Victoria atrapó, en un viejo tarro de champú de viaje, tres hormigas.

—¡Mira mamá, ahora tengo hormigas! —me dijo con mucha ilusión—. Pero ¿Qué les damos de comer? —Me preguntó suponiendo que yo debía tener idea.

—Un par de granos de azúcar —contesté convencida.

Durante todo el día dijo que eran sus mascotas, abrazaba el pequeño recipiente de plástico y auguraba que las iba a cuidar para siempre.

También hoy descubrimos que la alocasia está de nuevo enferma. Unos bichitos miniatura y color marrón cubren sus hojas, la tierra y muy posiblemente sus raíces. La regamos con aceite de neem y la limpiamos minuciosamente con agua jabonosa. Para terminar, disimuladamente, le puse cerca el difusor de aromaterapia, con tres gotas de Tea Tree y seis de aceite de limón, pensando que tal vez le levantaría el ánimo.

Después del almuerzo fuimos al parque: mi hija sacó a pasear sus hormigas, dentro, siempre dentro del recipiente. Cazamos una mariquita y la trajimos atrapada en el porta comida de la merienda. Yo leí que son el enemigo natural de las plagas y pensé, tal vez de manera inocente, que resolvería todos los problemas de la alocasia.

Al volver pusimos la mariquita sobre la planta y, al verla contenta, nos fuimos a lavar las manos para cenar. Cuando regresamos nos encontramos a nuestro gato Coliflor sentado al lado de la alocasia. Buscamos, pero no encontramos la mariquita.

—¿Coliflor te comiste la mariquita? —le preguntamos.

—Prrrrmiau —contestó de manera insolente, se dio media vuelta y se fue meneando su esponjosa cola.

Volvimos a limpiar las hojas de la alocasia y, le pusimos aceite de citronella alrededor de la maceta. Después de una larga charla durante la cena, tomamos la dolorosa decisión de exiliarla en el frío y solitario hall de la escalera. Esperamos no olvidarla como nos ha ocurrido antes con plantas exiliadas. El año pasado perdimos nuestro philodendron casi de la misma manera.

Mi esposo me preguntó si sabía de dónde vendrían los bichos, le contesté que tal vez del verano. Pero luego de pensarlo mejor, tal vez sea de los pétalos, o las hojas, o los pedazos de corteza que mi hija suele traer como suvenir, de nuestras expediciones al parque.

Las hormigas del frasco de champú murieron, según Victoria víctimas del “cíclope de la vida”, término que acuñó para explicarme por qué las cucarachas muertas no se moverán nunca más.

Como familia hemos decidido hacer una granja de hormigas. Mañana saldremos a comprar los tubos de ensayo para cazar una reina, que según Victoria distinguiremos fácilmente por su tamaño y la corona. Hizo un dibujo para darnos una idea.

Ya todos se fueron a dormir, y como siempre me senté a escribir. Coliflor me acompaña echada a mi lado sobre el escritorio. No es usual verla allí, quiero pensar que sabe que le escribo a la alocasia, y que me siento triste. También quiero pensar que tiene un poco de culpa por haberse comido a la esperanza en forma de mariquita. Y quiero que sepa que la perdono, no la puedo culpar porque su instinto se coma una ilusión.

Y así con una hija que colecciona hormigas, un gato que devora ilusiones, una planta que agoniza en el hall de la escalera y un esposo que hace preguntas, termina un día más en AFDA: la casa Al Final Del Arcoíris.

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