Yo nunca estuve aquí

Recuerdo como esa madrugada de repente empezó a sonar la canción Wish you were here. El minicomponente que mi mamá me había regalado hacía poco para celebrar mi cumpleaños número catorce, reprodujo el CD a voluntad.

Me desperté asustada.

Él ya estaba allí, recostado contra la puerta de mi habitación, con los brazos cruzados y sonriendo como solía hacerlo. Algo era diferente, no supe qué, pero intuí que esta vez venía a despedirse.

Pensarlo, aun hoy, me pone la piel de gallina.

Se acercó, se sentó en el borde de la cama y nos miramos. Detrás del pelo desordenado que caía sobre su cara, encontré esos ojos oscuros y misteriosos que me miraban con la misma ternura y honestidad de siempre, y que nunca evitaron sonreír.

Tomó mi mano que sobresalía de debajo de la sábana y con la otra tocó mi corazón y juntos lo escuchamos palpitar con fuerza.

Recuerdo la primera vez que lo vi: fue la noche de mi cumpleaños número trece. Lo sé bien porque fue un mal día, uno de esos en que la adolescencia me golpeaba muy fuerte con la tristeza. Él apareció en mi habitación con el libro “La espuma de los días”. Lo leímos completo esa misma noche, en silencio, sentados uno junto al otro, cambiando páginas como si nos leyéramos en la mente. Me acompaño hasta que me quedé dormida y luego se fue. Desde ese día se volvió nuestro ritual las noches que fue a visitarme.

Ya no lo vi de día, ni fuera de mi casa y nunca volví a escuchar su vos.

Esa última noche repasé su figura extremadamente delgada, vestía el mismo sweater azul marino con los agujeros rotos en los puños para sacar los pulgares y esos vaqueros estrechos y desgastados que terminaban en las Dr. Martens blancas.

Al terminar la canción, soltó mi mano y se levantó. Fue al minicomponente y le dio play al otro CD que era nuestro himno: Dollitle de los Pixies, canción trece y… “¡Hey!” sonó en los parlantes y él levantó los brazos y empezó a bailar como solíamos hacerlo cuando nadie nos miraba. Sonreí viéndolo bailar contorsionando su cuerpo de manera exagerada con poco o nada de ritmo.

“We are chained” repitió haciendo la mímica con sus labios, “We are chained” repetimos sin hablar  mientras la oscuridad se rompía con el alba. Me senté en la cama y nos abrazamos largo.

—Yo nunca estuve aquí. —susurró en mi oído.

Y la luz del sol se lo fue llevando de mis brazos mientras su sombra se me aferraba con fuerza hasta que terminé abrazándome a mi misma.

<p value="<amp-fit-text layout="fixed-height" min-font-size="6" max-font-size="72" height="80">Hoy recuerdo sus ojos oscuros y su pelo siempre enmarañado, pero por sobre todas las cosas su sonrisa ladeada un poco hacia la derecha cuando me miraba.Hoy recuerdo sus ojos oscuros y su pelo siempre enmarañado, pero por sobre todas las cosas su sonrisa ladeada un poco hacia la derecha cuando me miraba.

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