★ Adiós

Sin ninguna señal de su perra Lalaina, que unas semanas atrás había desaparecido persiguiendo un gato callejero, Eva y Augusto se fueron a dormir a eso de las diez de la noche. Se acostaron con su pequeña hija Victoria, que inquieta, lloró sin parar. Logrando conciliar el sueño solo cuando las luces del alumbrado público se apagaron para darle cabida al sol.

Eva cerró  los ojos intentando dormir, pero un extraño rugido de olas la obligó a abrirlos otra vez. Vio en el techo de la habitación un océano invertido. Parpadeo varias veces y se frotó los ojos. Lo vio golpear con fuerza la pared. Sintió sobre su cara el salpicar de las olas, escuchó la marea que enfurecida susurraba conversaciones incomprensibles. Un escalofrío recorrió su cuerpo y tuvo una extraña sensación de mal presagio.

Cerró los ojos con fuerza.

Respiró profundo… “Una” —contó en su mente.

Respiró profundamente… “Dos”. Y fue absorbida por un sueño intranquilo: Soñó que su hija ya no era suya y que en sus manos tenia el hijo de otro.

“Este niño no es mío” —pensó al ver dentro adentro de la nariz, del pequeño que tenía en sus brazos, una semilla.

La intranquilidad que la había acompañado por mucho tiempo ahora tenia sentido: Ese niño no era suyo. Su corazón confirmó su sospecha, porque entonces, recordó a Victoria.

—¿Dónde está mi hija? —preguntó con calma, al hombre que la acompañaba en el sueño.

—¿La recuerdas? —respondió extrañado—. Se suponía que eso no pasaría —añadió con algo de angustia—. La entregaste voluntariamente porque sabías que de otra manera no se salvaría.

 En la memoria de Eva se despertó el recuerdo del momento exacto en el que se la entregó a una mujer. La vio irse con Victoria entre sus brazos.

¡Crash!

Escuchó el sonido de su corazón romperse, ese mismo ruido la despertó.

Le tomó tiempo encontrar la valentía para abrir los ojos, temía comprobar que lo que había soñado fuera verdad. Cuando por fin lo hizo, vio a Victoria a su lado, durmiendo pegada a su pecho. Respiró profundo llenando su cuerpo de alivio.

Augusto ya no estaba en la cama.

¡Ring-ring! ¡RING-RIIIIING-RING!

El timbre del teléfono la sacó de su aparente estupor.

Contestó. Era una voz masculina que le avisaba que su perra, su mejor amiga, su bulldog francés blanca con manchas negras que parecían tinta, no aparecería. Colgó.

Se sentó con pesadez en la cama , de sus ojos cerrados se escurrieron un par de lágrimas que recorrieron sus mejillas y cayeron sobre sus muslos desnudos. Se calzó sus pantuflas de unicornio, se levantó y acomodó almohadas alrededor de Victoria, para evitar que al moverse cayera de la cama. Besó a su hija en la frente y salió de la habitación con el monitor de sonido en la mano.

Bajó despacio las escaleras, su gato la acompañó con paciencia. En el trayecto recordó el día que Lalaina había llegado a su vida. Ese jueves que la vio correr entre los carros, como huyendo de algo, en la carrera séptima frente al Seminario Mayor de Bogotá. Recordó que pedaleó con todas sus fuerzas varios metros y que por fin al llegar bajo el puente de la Calle Cien, la alcanzó. La perra, sucia y temblando de miedo, se tiró al suelo.

Eva sintió de nuevo la ternura que la invadió ese día, y revivió la sensación en su mano de cuando la tocó por primera vez. —Desde entonces y por mas de siete años, se siguieron a todas partes—. Su corazón se calentó al recordar cómo su compañía, la salvó del peligro que representaba para si misma. Y su vida cambió.

El sonido de la puerta de la casa la sacó de sus recuerdos. Era Augusto, que volvía de la calle con el diario. La abrazó con fuerza y luego tomándola de los hombros la miró a los ojos descubriendo la tormenta que había en ellos.

—Ya pasaron muchos días —dijo con ternura—. Es hora de aceptar que ya no va a volver, —añadió con los ojos llenos de agua.

En ese momento sonó en el monitor el balbuceo de Victoria. No había tiempo para tristezas. Eva se guardó las lágrimas en el agujero que se había hecho en su corazón y se fue por su hija que ese día cumplía seis meses de vida.

Subió las escaleras.

—Adiós querida Lalaina —le dijo Eva al océano de su alma.

—Hola querida Victoria —susurró abrazando a su hija.

{Ejercicio: una historia parcialmente autobiográfica.}

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