Lojo

Luego de la exhaustiva y poco fructífera búsqueda de la vaca-ardilla, sin ninguna prueba concluyente se prosiguió a la siguiente actividad dentro de la sala múltiple. Todos se sentaron en un círculo sobre los cojines de colores. Sobre ellos giraba el móvil del sistema solar, suspendido del centro del techo de la habitación. Un techo decorado con estrellas que brillaban cuando las cortinas se cerraban para realizar actividades en la oscuridad.

¡Clap clap clap! Se escuchó en la habitación y todos quedaron en silencio.

—¿Cuál es tu color favorito? —preguntó Luisa la maestra.

Llevaba con orgullo su mandil azul, con pequeñas flores bordadas alrededor del bolsillo, en el que siempre cargaba alguna novedad.

Todos levantaron la mano, pero la decisión de quien respondía primero no era democrática. Luisa había decidido empezar a escuchar las respuestas de izquierda a derecha comenzando por Manuel. Sus decisiones no siempre parecían justas pero debían aceptarlas.

—¡Amalillo! —dijo Manuel emocionado—, el color del sol —añadió con orgullo.

—¡LOJO! —gritó Amanda con todos sus pulmones—. Lojo como el amor.

Daniel la miró con recelo:

—Lojo es MI color favorito —dijo en la cara de Amanda exigiéndolo solo para él.

—No importa, varios pueden tener el mismo color favorito —dijo Luisa creyendo que se trataba de un problema menor.

—Y el lojo es el color del fuego y de la furia —añadió Daniel dejando para él la última palabra.

El resto del día transcurrió bajo cierta tensión. Daniel se mantuvo la mayor parte del tiempo al lado de la caja de arena y Amanda en los columpios. Ninguno de los dos transgredió físicamente el espacio del otro aunque sí cruzaron algunas miradas de desprecio.

Al día siguiente Amanda y Daniel fueron los primeros en llegar. Luego de un imponente “¡Saluda!” de las madres de los dos. Se miraron a los ojos y con algo de antipatía se dieron los buenos días. Al llegar el resto de los compañeros, como de costumbre, se sentaron a cantar la repetitiva canción de bienvenida, uno por uno, los niños y las niñas dijeron su nombre y abrazaron a quien estaba sentado a su lado. Amanda y Daniel por desgracia y debido a la mala suerte tuvieron que abrazarte también.

¡Clap clap clap!

—¡Para hoy hemos preparado una gran sorpresa! —dijo Luisa con entusiasmo y sacó del armario una caja repleta de cubos y tablas de madera de diferentes colores—. Vamos a construir una gran ciudad y cada uno podrá elegir un carro para recorrerla.

En la caja había nueve carros, uno de cada color del arco iris, uno blanco y otro del simple color de la madera. Los nueve niños se abalanzaron sobre la caja.

—¡ESTE ES EL MÍO! —se oyó gritar en el medio de la espesa bola de niños.

Todos abrieron espacio y en el medio quedaron Daniel y Amanda forcejeando con algo entre las manos.

—Vamos a mirar qué está pasando —se le oyó decir a Luisa con tranquilidad—. ¿Me muestran qué tienen ahí? —preguntó arrodillándose al lado de los dos pequeños.

Daniel dio un paso atrás y Amanda abrió su mano, entonces apareció un deslumbrante y único carrito de color rojo. Rojo como el amor y el fuego. Un pequeño juguete que desató un sentimiento de ese mismo color.

—Vamos a ver —dijo dulcemente Luisa mientras tomaba el objeto de la discordia en sus manos—, si no sabemos compartir entonces es mejor que no lo tenga nadie —y guardó el carrito en el bolsillo de las cosas maravillosas entre las flores bordadas.

El resto del día estuvo teñido por la tristeza. Amanda y Daniel estuvieron llorosos todo el tiempo.

El miércoles Amanda llegó un poco tarde, su madre había tenido un contratiempo. Llegó justo a la hora del descanso cuando todos los niños y las niñas estaban jugando en el patio. Se paró en la puerta del jardín y entonces Daniel la vio ahí parada como si nada, con unas zapatillas rojas igualitas a las suyas. Esto ya era demasiado. Además de haberle robado su color favorito y de haberle quitado la oportunidad de jugar con el carro color rojo, tenia el descaro de aparecerse, como si nad,a con las mismas zapatillas que él llevaba desde el primer día. Con la mente en rojo salió de la caja de arena y sin siquiera sacudirse se abalanzó sobre Amanda y le dio un terrible mordisco en la oreja.

—¡Ahhhhhhh!

¡Clap clap clap!

{Ejercicio: Un cuento Chejoviano}

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