Cuando llegaron ya estaba allí

Cuando llegaron él ya estaba ahí, consigo mismo, en ese lugar vacío en el que era tan difícil esconderse. Conmocionado por la sorpresa se apresuró a ir al único lugar seguro que encontró cerca: el soquete de la lámpara central de la sala, que desde hace varios años está suelto. Le sirvió de resguardo inmediato, pero no podía mantenerse por mucho tiempo allí, el olor a humedad y a cemento eran demasiado fuerte para ser soportados con facilidad.

Desde la altura siguió cada uno de los movimientos de los misteriosos visitantes: Un hombre con una barba bien organizada que caminaba despacio con una mujer delgada atada a su brazo izquierdo; en su otra mano llevaba un pequeño maletín color gris del que se asomó un gato. Al verlo su corazón se agitó tan fuerte que pensó que saldría volando. Se tapó la cara con las dos manos, se recostó sobre el cemento húmedo e intentó recuperar la respiración que sintió perder del susto.

Cuando por fin estuvo en calma, pudo pensar con claridad. Su prioridad era llegar a la cocina, donde encontraría resguardo en alguna de las grietas de la despensa, que quedaron como consecuencia de la catastrófica inundación del 18, cuando el calentador de agua se rompió. Debía esperar pacientemente que los extraños salieran para poder escurrirse fuera de su escondite.

“Ding Dong”, ese sonido retumbó en sus oídos y al instante volvió a asomar su cara por el pequeño agujero, siguió a los personajes con la mirada hasta que los vio desaparecer por el corredor que terminaba en la puerta de entrada. Al oírla cerrarse , y ante el silencio, salió de su escondite y entonces los pelos de su nuca se pusieron de punta, alguien lo observaba fijamente.

Lo estremeció un aterrador “Miau” y un rugido terrible lo hizo perder el equilibrio. Cayó en el suelo con un golpe dolorosamente seco. Cuando recobró el conocimiento trató de moverse pero no pudo. Podía sentir, ver y escuchar, pero no moverse. El gato estaba sobre él olfateándolo desesperado, haciéndole cosquillas con sus bigotes propiciándole carcajadas que no podía musitar. Sentía como si se hubiera transformado en una piedra, y en efecto eso le había sucedido.

Desesperanzado y sobrecogido por la situación, no pudo mas que esperar. Con el tiempo el gato perdió interés –para un gato nada tiene de especial una roca­– y se alejó de allí. Entonces empezó a sentir un cosquilleo en todo su cuerpo, y pudo lentamente volver a moverse y recuperó su forma original.

Aterrorizado corrió a la esquina que tenía mas cerca, desde donde pudo ver al gato al fondo del corredor, sentado frente a la puerta de entrada ondulando su cola. Entonces se apresuró a correr hacia la cocina y luego a la alacena. Se coló dentro a través de una de las viejas grietas.

En la oscuridad sacó de su bolsillo la minúscula bombilla led, que había tomado prestada de la caja de herramientas del conserje, y que recargaba todos los días junto a la ventana. Se dirigió al fondo de la repisa inferior, donde encontró un agujero lo suficientemente grande para caber allí, pero también muy profundo para sentirse seguro.

Cuando por fin empezaba a calmarse lo sobresaltó un olor penetrante y unas salpicaduras de un líquido que luego reconoció como vinagre. Se limpio la frente y se sintió a salvo al saber que no se trataba de lejía. Se rodeo con sus propios brazos, hizo un pequeño ovillo con su cuerpo, se tapó con un trozo de servilleta que encontró allí, y cayó profundamente dormido. Soñó con volverse piedra.

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