Sombra

En San Isidro un exclusivo Barrio de Lima, se encuentra el Edificio “Sra Patricia”. Su fachada luce 4 pisos dotados con grandes ventanales, que a pesar de los días grises permanecen con las cortinas abajo. Hay 7 apartamentos, dos por piso, un penthouse y una pequeña habitación en el sótano donde hasta el día de hoy vive Leoncio el conserje, en una época pasada con Adela su mujer ahora fallecida.

El 401, con vista exterior es el que han alquilado Eva y Augusto. Han llegado a Lima con su gato llamado Coliflor; y la esperanza de un nuevo comienzo. Olvidando la antigua casa blanca esquinera del Barrio Palermo de Bogotá y lo que ocurrió allí.

Los primeros meses en el apartamento transcurrieron con tranquilidad. Aunque a veces se sorprendían con golpes extraños y lo que parecía ser alguien moviendo tierra con una pala, bromean diciendo cosas como: “Ya llegó el sepulturero” o “Ya entendemos porqué no se ven gatos en las calles de esta zona” guiñándole siempre un ojo a Coliflor.

Una noche de Septiembre, pasados casi 5 meses de vivir allí, Eva terminó de trabajar en una de sus extrañas ilustraciones, cuando al apagar la luz de su escritorio se sorprendió. Las paredes que antes habían sido blancas e insulsas, ahora estaban llenas de sombras que bailaban al son de un vals siguiendo el ritmo del viento. Aparentemente sin haberse dado cuenta, la municipalidad había cambiado la bombilla del poste de luz que da justo frente al apartamento. Todo se veía diferente, el modelo de fósil de tiranosaurio que aparentaba observarlo todo desde lo alto de la atiborrada biblioteca, ahora cobraba vida en la pared inquieta por el movimiento de los enredados cables de luz, que durante el día servían de autopista a las ardillas que vivían en los árboles de la acera de en frente.

Su piel se puso de gallina, esa penumbra hermosa que ahora dejaba ver una belleza hasta ahora invisible, le recordó aquella noche en Bogotá en que apareció la polilla blanca y Victoria desapareció sin dejar rastro.

Se abrazó a si misma. Apagó la música que sonaba por los altavoces, y entonces escuchó unos gritos que provenían del primer piso, se asomó a la ventana y vio a su vecino el Sr Gastañeta de Albornoz discutiendo con Leoncio el conserje, alcanzó a escucharle decir un fuerte “Cobarde” para luego verlo alejarse decididamente a la casa de enfrente, en donde lo recibió la empleada doméstica, una mujer de unos 70 años, la única persona que Eva había visto entrar o salir de allí. Antes de cerrar la puerta de la casa, levantó la mirada hacia el poste ahora iluminado e hizo un movimiento que a Eva le pareció una persignación.

Cansada y somnolienta por la hora y las dos copas de Chardonnay que se había tomado, Eva fue a la habitación y se acostó al lado de Augusto. Se sumergió en un sueño superficial e intranquilo. 

A la mañana siguiente, a las 6:30, Coliflor los despertó dando un salto sobre la cama, maullando como de costumbre de manera escandalosa exigiendo su primera comida del día. Eva y Augusto abrieron los ojos despacio, se desperezaron y al sentarse en la cama quedaron pasmados. Coliflor, su gato de pelaje esponjoso, lomo y cola atigrada y panza blanca, era ahora un gato negro, sencilla y llanamente negro. Se miraron a los ojos el uno al otro y con cara un poco de terror y un poco de extrañeza volvieron a mirar al gato que de nuevo maulló y dio un salto hacia el piso, y dándoles la espalda salió en dirección a la cocina, como de costumbre meneando su cola, esta vez de pelo corto, negro y brillante.

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