Una noche oscura, un ruido misterioso y un gato llamado Coliflor

El olor a húmedo era el único vestigio que quedaba en la casa de cuando Augusto la había comprado 10 años atrás en una subasta. La casa estaba atravesada por una veranera que entraba por una de las ventanas del segundo piso y se anidaba en la guagua del techo. Además tenía el piso algo podrido y  estaba llena de goteras. La antigua dueña, una señora mayor caracterizada por una demencia senil, se había atrincherado ahí sus últimos años de vida, impidiendo que entrara cualquiera diferente a un gato callejero. Los vecinos decían que estaba loca, porque, por el techo compartido con la casa gemela, alcanzaban a escuchar conversaciones solitarias a las que no les encontraban ningún sentido. Al morir, sin tener ningún heredero, la casa pasó a manos del distrito.

Augusto y Eva, su esposa, la compraron juntando sus ahorros y se fueron a vivir ahí mientras la reconstruían. A los pocos años llegaron Victoria, su hija, un gato encontrado y un perro con un ojo azul, casi blanco, y el otro marrón.

Todas las casas viejas tienen sus propios ruidos y achaques y ésta no era la excepción, pero la familia había logrado acomodarse a los miedos que siempre atribuyeron a la imaginación, aunque hubo varias veces que los animales, especialmente el gato, parecieron intentar advertirles lo contrario.

Este gato a simple vista no tenía nada de especial, un gato común con un nombre particular: Coliflor. Lo encontraron vagando una noche por las calles de Chapinero y se lo llevaron. En ese momento, calculan, debía tener unos dos años. Era de pelaje corto, denso y afelpado. Su cara, su espalda y su cola gorda tenían un patrón atigrado oscuro que contrastaba con su panza y patas blancas.

Una noche oscura, de esas que no tienen luna, las luces de los postes encendidas iluminaban las calles desiertas de Palermo, el barrió donde queda la casa. El viento soplaba arremolinando los desperdicios que los transeúntes habían dejado durante el día y los gatos callejeros que abundaban en la cuadra caminaban de un lado para otro buscando una rata o un pájaro herido para poder cenar.

Dentro de la casa empezaban a despertar las luces que solían iluminar con timidez el interior. En el hall de entrada un bombillo solitario colgaba en el medio, se encendía y apagaba al compás del ruido de la nevera. En la sala una tenue luz roja, que salía de una extensión que colgaban sobre la chimenea, bañaba con su poca luz cálida el espacio. De resto el primer piso permanecía en tinieblas.

La escalera principal, nacía en el hall de entrada y se perdían en la oscuridad, al fondo se alcanzaba a ver un brillo, eran las lucecitas navideñas que titilaban alegrando el segundo piso iluminando el retrato que alguna vez le hicieron a Eva junto con se perrita Lalaina, una buldog francés blanca que parecía bañada por gotas de tinta negra. Un día a los pocos meses de haber nacido Victoria, desapareció misteriosamente, desde entonces siempre estuvo presente por su ausencia.

Arriba, descansaba junto al sofá del estar, el perro en su cama, y el gato dormitaba, como de costumbre, en la cama de la habitación principal.

Augusto aun no regresaba del trabajo y Eva trabajaba en su taller al que en las noches era posible acceder solo por la pequeña escalera auxiliar del patio. Su otra entrada era por  la habitación de Victoria, que por supuesto en las noches no se podía transitar. En esta noche era el único lugar verdaderamente iluminado y de donde provenía música de los años 50.

Brrrum Brrrum Brrrum Brrrum, un sonido rompió el silencio y la costumbre.

Brrrum Brrrum Brrrum Brrrum, volvió a sonar tímidamente por segunda vez.

Brrrum Brrrum Brrrum Brrrum sonó por tercera vez y ya fue imposible para el gato ignorarlo. 

Levantó sus orejas, estiró el cuello y se escurrió hasta los pies de la cama desde donde era posible mirar hacia el pasillo y la habitación de Victoria. Saltó al piso que chirreó un poco por el peso y por el tiempo y caminó sigilosamente y con la cabeza baja hacia la habitación de la niña; estaba iluminada por una de esas lámparas que con el tacto varían su intensidad, estaba en la más baja. Coliflor asomó la cabeza por la puerta, entró lentamente y se acercó a la cajonera de madera y la olfateó un poco. De un salto se paró sobre ella y miró al dragón y a la ballena que, taciturnos, como siempre, ejercían ese papel de gárgolas vigilantes que parecía irles tan bien. Desde la esquina de la cajonera alcanzó a asomarse a la ventana donde se distrajo por unos segundos viendo pasar a uno de esos sujetos borrosos que suelen recorrer las calles de Palermo cuando ya no hay nadie.

El sonido había cesado y el gato, distraído, pasó unos segundos curioseando la ventana y al unicornio que vivía allí en el pollo de madera.

Brrrum Brrrum El ruido atravesó el momento.

Coliflor llegó de un salto a la vieja poltrona azul desde donde era posible darle una mirada a toda la habitación. Se sentó en el cojín y olfateó a su alrededor, moviendo su cola lentamente hasta envolver su cuerpo con ella. Parpadeó varias veces. Brrrum Brrrum. El gato dirigió su atención hacia ese pequeño hueco con puerta de madera que además de armario era olvidador, SanAlejo y buhardilla de segundo piso. Brrrum Brrrum el sonido provenía de ahí.

Algo afuera de la habitación llamó su atención, alguien se acercaba, era Eva que, como todas las noches, venía a revisar a su hija. Entró a la habitación sin percibir la presencia del gato que, agazapado desde la esquina al lado del armario, la vio besar y arropar a la niña. Repentinamente Eva se quedó quieta y, con una torsión casi antinatural de su cuello, dirigió sus ojos hacia la esquina donde estaba Coliflor, se acercó y con sus manos le dio un pequeño empujoncito intentando sacarlo de allí, pero el gato puso resistencia, maulló y devolvió su atención a la puerta del olvidador. Eva, con miedo de despertar a su hija, se retiró. Pero Coliflor empezó a arañar la puerta de madera con insistencia y a maullar más fuerte hasta que Eva regresó. Entró a tientas a la habitación y se acurrucó junto al gato, se miraron fijamente en la penumbra por unos segundos como si estuvieran teniendo una conversación telepática. El gato insinuó algo con un leve movimiento de su cuello y ella puso su oído sobre la puerta, abrió sus ojos con sorpresa y escuchó de nuevo. Puso su mano sobre la manija y volteó su mirada hacia la lámpara, como dudando en cambiar la intensidad de la luz. Sus respiraciones se acompasaron, miraron a la niña. Eva cerró sus ojos con fuerza y, de sopetón, abrió la puerta.

El tiempo pareció detenerse. Del armario se escapó algo alado, no se alcanzó a distinguir qué. Entre la luz y la sombra solo se sintió una brisa. Coliflor ágilmente salió a la caza. Eva quedó inmóvil por unos segundos en la esquina oscura, recuperando el aliento. El gato se paró vigilante sobre la poltrona azul, la niña permanecía dormida, suspiraron con algo de alivio.

El silencio se volvió protagonista.

Despacio, con algo de alteración en los miembros superiores de su cuerpo, Eva se acercó al gato. Con cara de preocupación entrecerró su ojos intentando buscar al misterioso alado en la habitación, encontrando solo un humo blanco perceptible en la danza con la poca luz. Eva estiró su mano y subió un poco la intensidad de la lámpara. El humo se movió lentamente acumulándose sobre el eje central del móvil del sistema solar que colgaba en el centro de la habitación. De repente, entre el humo, se vislumbró una pequeña polilla blanca que, con elegancia y soberbia se sentó sobre el sol. El gato abrió su boca como si fuera a bostezar pero, en vez de hacerlo, dijo: “Pensé que nunca te volvería a ver”, a lo que la polilla con una voz pausada y tranquila respondió: “Finalmente no fue suficiente habernos llevado a la perra”.

El momento fue interrumpido por un ruido en el primer piso. Alguien estaba abriendo la puerta de entrada, Eva sabía que era Augusto. Intentó decir algo pero su voz se quedó suspendida entre los minutos y la angustia. Miró a su hija que empezó a desaparecer, a volverse etérea como un humo invisible. Una gruesa lágrima rodó por su mejilla. Augusto dio un silbido, el perro bajó las escaleras, y salieron los dos al parque a dar su vuelta habitual de las noches. 

Eva intentó caminar hacia lo poco que quedaba de Victoria, pero su cuerpo no respondió, dobló sus rodillas y, apenas y por suerte, cayó sentada pesadamente en el brazo del sillón. El gato saltó y la miró de reojo antes de salir de la habitación caminando lentamente, mientras movía su cola de un lado al otro al compás de un vals inaudible. Eva miró a la polilla que aun se encontraba sentada sobre el sol con sus patas cruzadas como dama. Percibió un leve movimiento de sus antenas mientras todo se fue fundiendo en una oscuridad que se tragó la penumbra de la habitación.

Unos pasos la sacaron de su estupor y fue capaz de percibir, sin abrir sus ojos, que la oscuridad había terminado. Un beso en su mejilla y un cándido “Buenos días” la alentaron a abrirlos. Augusto caminaba alegremente y, como de costumbre, al rededor de la cama, mientras se preparaba para comenzar el día.

Eva se sentó y, un poco aturdida, miró a su al rededor aterrada. Miró las palmas de sus manos y las puso sobre los ojos, los frotó hasta que logró ver luces dentro de ellos. Augusto le preguntó si había tenido una mala noche. Ella lo miró con una pequeña sonrisa forzada y fingida, pero no fue capaz de decir nada. Él la besó en la frente y, salió de la habitación dejando la puerta ajustada.

Eva estaba aterrada, su imaginación había tomado una tonalidad oscura que le asustaba, se cogía su cabeza tratando de comprender esas mariposas que le hacían cosquillas en su panza hasta producirle nauseas, ¿Qué eras lo que había pasado? Cuando estaba a punto de soltar las lágrima Coliflor entró a la habitación dejando la puerta entre abierta. A Eva la piel se le pudo de gallina. El gato saltó al lado de ella, levantó su cola y frotó su cuerpo contra su brazo, abrió su boca y dijo su acostumbrado “prrrrr miau”.

Pesadamente Eva puso los pies sobre el piso, que la saludó con un chirrido, sentada en el borde de la cama intentó comprender en silencio la situación, quería compartirla con Augusto, pero su calma le parecía mas estremecedora que su propio miedo. Se paró, caminó lentamente hacia la puerta y tímidamente se asomó.

Lo siguiente que se oyó fue un grito de Eva, frente a su puerta no había nada solo un hall. La habitación de Victoria y parte de la casa no estaban. En cambio de la puerta había solo una pared blanca. Cayó como piedra sentada en el piso. Coliflor se acomodó junto a ella, limpió una de sus patas delanteras y siguió su camino bajando las escaleras.

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