Cómo dejamos la teta y no morimos en el intento

Hace unos meses al empezar la alimentación complementaria escribí un post despidiéndome de la lactancia (Querida Lactancia), sabía que aunque continuaría por unos meses, ese era el comienzo del final, pues nunca me he identificado con esas madres que dicen: “Mi bebé de 34 meses aun toma teta a demanda! Ánimo mamitas que si se puede!!!”. Aunque respeto cómo cada mamá hace su propio camino, yo personalmente no creo que un niño de casi 3 años sea un bebé, no entiendo el tema de obligar a la gente a hacer divisiones para descubrir la edad de tu hijo, mis tetas siempre fueron mías y nunca quise que mi hija me empelotara cuando se le viniera en gana, y por último cada vez que alguien me dice “mamita” tengo un sentimiento extraño por no decir otra cosa… Así que aunque disfruté la lactancia un montón sabía que su camino en mi vida sería el justo.

Los primeros 6 meses de vida de mi gremlin fueron de lactancia materna exclusiva directamente de la fuente, lo que quiere decir que la pequeña nunca recibió un tetero y no por convicciones extrañas, sin no porque no se le dio la gana y como yo no tenía necesidades ni responsabilidades lejos de ella tampoco le insistí mucho. Fue una época maravillosa de amor y regulación, aunque practicábamos la lactancia “a demanda” cumplidos sus tres meses en este planeta, empezamos a comprender que aunque la teta calmaba todas sus “dolencias” no siempre era necesaria, y poco a poco el tema se fue regulando con tomas cada tres horas durante el día.

Empezamos la alimentación complementaria con el plan BLW, del que no voy a hablar mucho ahora pero si quieren conocer detalles pueden visitar este post: BLW

Desde el día 1, mi pequeña pareció ser de muy buen apetito y con alma de científica, pues lo que no se comía lo investigaba mirándolo, tirándolo, untándolo y dándoselo al perro. Me comprometí conmigo misma a nunca hacer de la hora de la comida un campo de batalla, así que aunque hubo días en que decidió no recibir bocado no la obligaba a nada diferente a sentarse al lado mío a la hora de comer. De postre llegaba la teta que paulatinamente le fui quitando, una toma por mes desde los 9 meses. Como siempre la creatividad a la hora de la distracción fue el valor mas importante para lograrlo, pues como siempre lo he dicho: “Una buena madre es aquella a la que nunca se le agotan las ideas para distraer”.

Llegamos al año con teta dos veces al día, 16 kg menos de como terminé mi embarazo, 4 kg menos de como lo empecé, uñas quebradizas, medio calva y comiendo como camionero en carretera. Y aunque quise tener el mejor “ánimo de mamita” sabía que eso debía terminar, mi pequeño gremlin aunque apegado a la teta ya no la necesitaba.

Con todas las certezas y convicciones al respecto (porque el mejor momento solo es cuando uno está seguro y listo) un viernes por la noche le dije a mi hija que ese día sería el último de teta y la acosté a dormir. Hecha un mar de lágrimas llamé a mi hermana para desahogarme y ella me hizo la mejor pregunta: “¿Porqué decidiste hacerlo?” Le contesté tan calmada y convencida que cualquier duda que tuviera en ese momento desapareció.

Para la mañana siguiente habíamos armado con mi novio todo un frente de acción con un plan sencillo, pero como todo en la maternidad (por no decir en la vida): uno hace planes y el universo se caga de risa… El gremlin rompió en llanto desconsolada, nada la calmaba, convencidos que la decisión que habíamos tomado era la mejor, empezamos a buscar soluciones por toda la casa. Hasta que en la cocina Victoria vio un banano y lo señaló, lo cogimos y nos fuimos muy contentas a la cama (siempre desde que nació la primera comida del día la hace en nuestra cama). Llegamos y ella por supuesto de entrada rechazó el banano, en su mente lo único que había era una teta, pero papá sí quiso comer banano y el perrito también, así que ella finalmente lo aceptó, desde ese día es tradición comerse una fruta a primera hora bajo las cobijas de mamá.

La tarde era otra historia, ya que a esa hora no solo se trataba de comer, si no de un momento reconfortante antes de ir a dormir. Ahora lo pienso y puedo decir que aunque pasamos por pataletas con jaladas de pelo, rabietas con llanto ahogado y muchísima tensión algo muy bueno salió de todo esto porque no solo recuperé mis tetas (y espero que con el tiempo algo de mi nalgas), si no que me gané mis primeros abrazos, con los dos brazos, con la cabeza apoyada en mi hombro y una muestra de amor que nunca antes había sentido en mi vida. Dejar la lactancia me demostró que el verdadero premio al haber traído a mi pequeña a este mundo no es solo haber aprendido a amar infinitamente si no ser amada de una manera que nunca antes había creído posible.

Nuestra historia con una teta como personaje terminó, pero llegó el nuevo capítulo del idioma inventado, las señas secretas con las que nos comunicamos, las carreras detrás de una cuatro patas y los irremediables golpes para aprender a caminar. Y por supuesto de este amor infinito que aunque uno a veces sienta que se está acostumbrando siempre encuentra la forma para sorprendernos.

P.D: Lo que nunca te dicen es que tus tetas volverán a dolerte y a hincharse como los primeros días, que debes soportar y solo extraer lo necesario para sentirte un poco mas cómoda, volver a usar los pads para no empapar tus camisetas y pijamas y volver a tener paciencia. Tus tus tetas volverán a ser las mismas de antes (tal vez un poco mas chicas),  y podrás volver a usar ese bra sensual que tanto te hacía falta! (pondría el emoticón de la bombita aquí pero pienso que quedaría muy cursi). 

A todas las mamás del mundo les digo: “Mujeres: ¡Animo! la mejor lactancia es con la que se sienten cómodas y felices”

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